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Por Karin Bravo Fray, Directora de Postgrados Universidad San Sebastián

 

La compleja situación económica ha generado un alza del dólar y, por consiguiente, una depreciación del peso, situación influida por múltiples factores y que afecta la vida diaria de familias y empresas. Para entender el fenómeno es necesario saber que el precio del dólar, como el de otros mercados de bienes y servicios, varía de acuerdo con su oferta y demanda. Varios factores entran en juego y uno muy relevante es el cobre. Por tratarse del principal producto de exportación, cuando disminuye su precio, implica una menor entrada de dólares, generando un alza en el precio de la divisa, ya que se vuelve algo más escasa. 

Por otro lado, y no menos importante, es que el precio se ve afectado también por las decisiones en política monetaria que definen otros países, en particular, respecto al ajuste de sus respectivas tasas de interés. Gran parte de las economías han tenido presiones inflacionarias producto de la reactivación económica generada a partir del término de las restricciones impuestas por la pandemia, que han impulsado ajustes en sus respectivas Tasas de Política Monetaria. En Chile el Banco Central hizo un ajuste al alza de la TPM, alcanzando un 8,25% y proyectando que podría seguir aumentando. El efecto en el precio del dólar viene por el diferencial que se produce entre nuestra tasa de interés y la de otras economías internacionales. Esto porque ante mayores tasas externas, el país se vuelve menos atractivo para inversionistas que pueden decidir llevar sus capitales a otros países, cuyas tasas sean más competitivas. Con ello, se tienen menos divisas, y su precio en pesos comienza a subir.

Si bien los dos efectos expuestos tienen un origen externo, hay que considerar que un alto precio del dólar también impacta en el precio en pesos de todos los bienes importados, que se vuelven más caros para los chilenos. Lo anterior genera un círculo vicioso al momento de medir la inflación, donde se ve reflejado en los productos que provienen del extranjero, por ejemplo, vehículos, repuestos, electrodomésticos y alimentos. A eso se suma el efecto en los combustibles, que influye tanto en el costo del transporte público y fletes, como en el consumo de bencina de particulares. Además, en el costo de calefacción de las familias que optan por el gas licuado y parafina como principal combustible.