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Al aire contenido

Por Miguel Nazar, director de Arquitectura UDD

 

Es muy común referirnos a los lugares exteriores como espacios “al aire libre”. También nos es habitual, al aproximarnos a un edificio, colocar en valor lo físico, lo tangible.

Nos fijamos en su “rostro”, su fachada, su forma, sus colores y materiales, e incluso sus detalles. Sin embargo, nos cuesta más referirnos a su luz, y aún más, a su aire. De alguna manera, lo que habitamos es el espacio “entre” los muros.

Frente al “aire libre” del parque Ecuador se encuentra emplazada la Biblioteca José Toribio Medina, en homenaje al destacado escritor chileno del mismo nombre. Este edificio, más conocido como la Biblioteca Municipal de Concepción, fue inaugurado el año 1983 y diseñado por el arquitecto Eugenio Pumarino.

De manera sutil, el edificio se eleva y retrocede, configurando un primer espacio de antejardín levemente inclinado, el cual reconoce su emplazamiento y, al “aire libre”, constituye una relación con el parque Ecuador complementando un perfil de calle sensible a su entorno.

Uno de los grandes atributos de la biblioteca es su espacialidad interior. Sus muros y losas contienen un aire continuo. Los diferentes programas son determinados por las proporciones que definen sus límites, fundamentalmente sus planos horizontales, y no por tabiques o muros. Esta relación entre el suelo y los planos superiores definen la escala al variar principalmente la altura.

Al ingresar, el hall como primer espacio, se define por un ancho que equivale aproximadamente a dos veces el alto, reconociendo la condición de acceso, pero también de paso. Esa misma altura, de una escala humana, se mantiene al poco andar en una circulación perimetral configurada en torno al espacio central, bajo una especie de “alero” que soporta un recorrido que se encuentra en el segundo nivel. 

Esta circulación enmarca el espacio central y lo articula con los espacios laterales, que también adaptan su “aire” a los diferentes actos que ahí ocurren. En el primer nivel la sala de exposiciones, “el rincón infantil”, la cafetería y el almacenamiento de libros, se mantienen como un aire continuo, mientras que, en el segundo nivel, se configuran las salas de lectura que se abalconan al espacio central y también generan una continuidad visual con los espacios inferiores. Todo sin ninguna puerta ni división física.

El espacio central, como cual plaza pública, se propone como un espacio amplio -de doble altura-, flexible, esperando recibir una diversidad de situaciones colectivas, que cotidianamente tiene mobiliario que permite leer de manera individual, pero que cada tanto, es retirado para cambiar su uso y escala.

Este espacio se corona con una secuencia de lucarnas que, más allá de su interesante geometría, dan paso a una luz vertical que busca atrapar algo de la luz del norte y que otorga parte importante de la cualidad de este espacio.

De alguna manera, lo que hace este edificio es contener un poco de ese “aire libre” del parque para construir una “plaza” de silencio y lectura, diseñando desde su “aire contenido”, y recordarnos que uno de los “materiales” más relevante en la arquitectura y en la ciudad es el espacio.