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Poder efímero

Periodista. Ex director El Mercurio de Antofagasta – Comunicaciones UCN

 

La Convención Constitucional, o, más precisamente, algunos de sus integrantes, se han empeñado en empeorar la imagen de una de las instituciones más relevantes del último medio siglo en el país. Todo a punta de errores no forzados y porrazos y en absoluto por la acción de terceros, ya que nadie podría sostener que las mayorías están amenazadas por una pírrica oposición.

La imagen de la constituyente ha caído sostenidamente mientras avanza el tiempo, algo que parte de sus miembros vincula con las críticas de algunos medios y el desconocimiento que la ciudadanía tendría de su trabajo.

Floja la explicación, complaciente y errada.

Pero que sea malo para ellos es -y esto es lo delicado- paupérrimo para Chile.

Hace algunos meses escribí que está instancia debía tener unos meses de reconocimiento mutuo entre sus integrantes, pues, mal que mal, es una dimensión tan inédita y compleja, en especial por la presencia de sectores históricamente postergados.

Pero el tiempo ha pasado y no perdona. A esta altura supongo que todos se han olido y tocado, conversado y reído, pero las desconfianzas siguen tan vivas como siempre. Lo que es peor, se dio paso a la revancha, al objetivo de anhelar la demolición de aquello que huela a los últimos 30 años (los mejores del país, vale la pena insistir). Incluyendo el desarrollo privado en la minería nacional, los derechos de agua y veremos qué otras ocurrencias más.

Se suma ese cierto desprecio por la libertad de opinión, con la divergencia, para lo cual -¡cómo no!- se vuelve sobre el viejo sueño de cautelar lo que se diga o piense, mediante una instancia, estatal, por cierto.

Honestamente, ni en los peores momentos, pensamos caer en un ruido absurdo y ramplón como el observado a ratos. Con ideas que nada tienen que ver con el futuro ni la historia nacional reciente.

El vacío cultural de Chile otra vez queda revelado con el hecho de proponer ideas agotadas y absurdas. 

Es cierto, aún hay tiempo para enmendar una labor que es harto más sencilla y se refiere primero a la necesidad de aceptar el pensamiento que duele o molesta, porque en la diferencia se erigen sociedades mejores y más sólidas.

El péndulo político chileno corre veloz de izquierda a derecha y eso no puede olvidarse. Encima, apenas basta ver el mundo para ver que estamos ingresando a una era distinta, donde la realidad nos golpeará de lleno si no somos capaces de prepararnos para ello, lo que no pasará por más o menos artículos en la Carta Magna.

El urgente y necesario sueño de un Chile más justo puede colapsar entre los anhelos adolescentes de estos santos revestidos de un poder efímero que todavía no parecen haber comprendido, ni en su forma, posibilidades y objetivos.

Es de esperar que las mayorías hagan su trabajo y así avancemos en curar las heridas de un país que sigue dividido, pero tiene un camino abierto enorme de posibilidades para todos. Dejar los determinismos del pasado y gestar un horizonte donde quepan todos, es una cuestión de sensibilidad.